Es una escena habitual durante el verano. El sistema de climatización está funcionando, el termostato marca 25 °C y, mientras una persona pide bajar un grado más la temperatura, otra busca una chaqueta porque tiene frío.
¿Quién tiene razón?
La realidad es que probablemente ambos. Y la explicación está en cómo funciona nuestro cuerpo y en la forma en que percibimos el confort térmico.
Aunque solemos pensar que el bienestar depende únicamente de los grados que marca el termostato, la ciencia demuestra que la sensación de calor o de frío está influida por muchos más factores. Por eso, dos personas pueden experimentar una misma habitación de manera completamente diferente.
El verano pone a prueba nuestro concepto de confort
Una diferencia excesiva entre la temperatura exterior y la interior puede resultar incómoda para muchas personas y hacer que aparezcan sensaciones de frío, especialmente al permanecer mucho tiempo sentados o realizar actividades de poca intensidad.
Además, cuanto más baja se ajusta la temperatura del sistema de climatización, mayor será el consumo energético.
La distribución del aire es tan importante como la temperatura elegida. Un flujo suave y bien repartido suele proporcionar una sensación mucho más confortable que un chorro intenso dirigido hacia las personas.
Por eso, el objetivo no es enfriar al máximo la vivienda, sino crear un ambiente confortable.
No todos los cuerpos reaccionan igual al calor
Cada persona genera y pierde calor de una forma distinta.
La edad, el metabolismo, la masa muscular, el nivel de actividad física o incluso el estado de hidratación influyen en cómo percibimos la temperatura.
Por ejemplo:
- Una persona que acaba de llegar de la calle, donde había 39 °C, probablemente sentirá alivio inmediato al entrar en una estancia a 26 °C.
- Otra que lleva varias horas trabajando en esa misma habitación puede empezar a notar frío aunque el termostato no haya cambiado.
- Las personas mayores suelen ser más sensibles a los cambios bruscos de temperatura, mientras que quienes realizan actividad física generan más calor corporal.
Por eso es tan frecuente que existan opiniones diferentes sobre la temperatura ideal.
La humedad: la gran protagonista del verano
Uno de los factores que más condiciona nuestra sensación térmica en verano es la humedad.
Cuando el ambiente es muy húmedo, el sudor se evapora con mayor dificultad y el cuerpo pierde eficacia para refrigerarse. Como consecuencia, sentimos más calor del que realmente indica el termómetro.
En cambio, cuando la humedad se mantiene en niveles adecuados (entre el 40 % y el 60 %), la sensación de confort mejora incluso sin reducir más la temperatura.
Por eso, muchos equipos de climatización modernos incorporan funciones específicas para controlar la humedad además de enfriar el aire.
El cerebro también decide si tenemos calor
Nuestro confort no depende únicamente del cuerpo.
Las expectativas, la costumbre e incluso el lugar donde vivimos influyen en cómo interpretamos la temperatura.
Un ejemplo muy sencillo ocurre al entrar en casa después de caminar por la calle a 38 °C. Una estancia a 26 °C puede parecer extraordinariamente fresca. Sin embargo, esa misma habitación puede llegar a percibirse como algo cálida tras permanecer varias horas en ella. La temperatura no ha cambiado, pero sí la referencia que utiliza nuestro cerebro para compararla.
Este fenómeno se conoce como adaptación térmica. A medida que pasan los días, el organismo y el cerebro se acostumbran a las condiciones ambientales. Por eso, una persona que vive en Sevilla durante todo el verano puede sentirse cómoda a 27 °C, mientras que alguien que llega desde un clima más templado puede considerar esa temperatura demasiado alta.
Incluso el control sobre el entorno modifica nuestra percepción. Diversos estudios sobre confort térmico han observado que las personas suelen sentirse más cómodas cuando pueden abrir una ventana, regular el termostato o ajustar un ventilador, aunque finalmente no utilicen ninguna de esas opciones. La simple posibilidad de intervenir genera una mayor sensación de bienestar.
Todo ello explica por qué el confort no depende únicamente de los grados que marca el termómetro. La experiencia personal, los hábitos y la capacidad de adaptación hacen que dos personas puedan percibir de forma diferente una misma temperatura, especialmente durante el verano.
Un dato curioso, los investigadores del confort térmico han comprobado que las personas que viven en edificios con ventilación natural aceptan temperaturas interiores más altas que quienes pasan la mayor parte del tiempo en espacios completamente climatizados. Es decir, nuestro nivel de confort también se “entrena”: cuanto más acostumbrados estamos a un entorno, más fácilmente nos adaptamos a él.
Entonces, ¿a qué temperatura debería estar la vivienda?
No existe una cifra perfecta para todo el mundo, pero sí un rango que suele ofrecer un buen equilibrio entre confort y eficiencia.
| Temperatura interior | Sensación habitual | Consumo energético |
| 22–23 °C | Muy fresca; algunas personas pueden sentir frío tras un tiempo. | Alto. |
| 24–26 °C | Confort para la mayoría de los hogares en verano. | Moderado y eficiente. |
| 27–28 °C | Puede ser suficiente si la vivienda está bien aislada y la humedad es baja. | Bajo. |
Lo más importante es evitar cambios bruscos respecto al exterior y ajustar la climatización a las necesidades reales de quienes viven en la vivienda.
El confort no se mide solo en grados
Una vivienda confortable durante el verano no depende únicamente del aire acondicionado o de la climatización.
El aislamiento, la protección solar de las ventanas, la ventilación nocturna, el control de la humedad y una buena distribución del aire pueden hacer que una casa resulte agradable incluso con una temperatura ligeramente superior.
En muchas ocasiones, mejorar estos aspectos permite reducir el consumo energético sin renunciar al bienestar.
En resumen, cuando una persona dice que tiene frío y otra asegura que todavía hace calor, ninguna está equivocada. El confort térmico es una experiencia personal. Comprenderlo nos ayuda a utilizar la climatización de forma más inteligente, conseguir un mayor bienestar y aprovechar mejor la energía durante los meses más calurosos del año.